26/5/11

El asombro, la fe y la vocación

Los niños pequeños son por naturaleza contemplativos, inocentes, sensibles. Estas cualidades son las que les hace estar abiertos a lo bello, lo bueno, por su valor intrínseco. Si “machacamos” estas cualidades y los niños desarrollarán actitudes de arrogancia, agresividad, atracción por el feísmo, cinismo, falta de respeto por la autoridad. En cambio, respetar su capacidad de contemplación, su inocencia y su sensibilidad es clave para que sean personas agradecidas, empáticas, con vida interior, receptivas a la fe, a la vocación y a una auténtica vida de piedad.

A continuación, un pasaje del Documento final de Congreso Europeo sobre las Vocaciones al Sacerdocio y a la Vida Consagrada en Europa (Roma, 5-10 de mayo de 1997), en que se relaciona el asombro con la cultura de la vocación...

Cultura de la vocación
(…) En especial hace referencia a valores un tanto olvidados por cierta mentalidad emergente (« cultura de la muerte », según algunos), tales como, la gratitud, la aceptación del misterio, el sentido de lo imperfecto del hombre y, a la vez, de su apertura a lo trascendente, la disponibilidad a dejarse llamar por otro (o por Otro) y preguntar por la vida, la confianza en sí mismo y en el prójimo, la libertad de turbarse ante el don recibido, el afecto, la comprensión, el perdón, admitiendo que aquello que se ha recibido es inmerecido y sobrepasa la propia capacidad, y fuente de responsabilidad hacia la vida.


También forma parte de esta cultura vocacional la capacidad de soñar y anhelar, el asombro que permite apreciar la belleza y elegirla por su valor intrínseco, porque hace bella y auténtica la vida, el altruismo que no es sólo solidaridad de emergencia, sino que nace del descubrimiento de la dignidad de cualquier ser humano.