26/5/11

El tiempo libre y el asombro


Un artículo que llega a punto para el verano, las vacaciones y las fiestas de fin de curso...


EL TIEMPO LIBREEEEEEEEEEE
Enrique Monasterio

Aún no se ha apagado el eco de aquella canción que machacó nuestros tímpanos durante un par de años, en la que un marido abandonado, con voz de José Luis Perales, interrogaba a su mujer, entre melancólico y curioso:
Y quién es él,/ en qué lugar se enamoró de ti./ De dónde es…/ A qué dedica el tiempo libreeeee…
La última e se prolongaba en el éter, lánguida y resignada como un balido.
Lo más desconcertante era esa insistencia por saber cómo pasaba los fines de semana el rival en cuestión. Puesto a preguntar futilidades, el marido podría haberse interesado por su equipo de fútbol, por su plato preferido o su marca de dentífrico. Pero no, una y otra vez, clamaba con voz desmayada:
A qué dedica el tiempo libreeeeee…
Durante años se me indigestó esa canción, más que nada por la pertinacia. Me sorprendía a mí mismo tarareándola por la calle como un paranoico, y recuerdo haber tratado de defenderme cambiando mentalmente la letra. Pero era inútil.
Hoy la he vuelto a oír, y al fin he comprendido el sutil mensaje que quería transmitirnos el afamado trovador de Cuenca. Porque no es asunto banal saber a qué dedica el tiempo libreeeeee un lugareño cualquiera. En el fondo es la pregunta más aguda que cabe hacerse cuando se trata de conocer bien a una persona.

El tiempo, en efecto, se divide en dos clases: ocupado y libre. Los adultos, por lo general, tenemos mucha cantidad del primero y poca del segundo. La mayor parte del año suele estar ocupada por la profesión, la familia, el sueño, las comidas, el tráfico, las colas, las compras, la neurosis y el psiquiatra. Desde luego, mejor es vivir así que en paro absoluto; pero es evidente que esas horas no son propiamente nuestras, sino de otros: las tenemos arrendadas, y por tanto, en ellas no nos expresamos como somos en realidad. En la comida, en el sueño o en el tráfico uno es más o menos como todo el mundo. Y, si bien es cierto que en el trabajo tratamos de dejar la impronta personal de nuestro talante y de nuestro talento, la mayor parte de las tareas en cualquier profesión -incluso en las más apasionantes son rutinarias y poco aptas para conseguirlo.
Pero hay unas semanas o unos días plenamente nuestros. Durante meses los hemos esperado como esos presidiarios que van tachando en la pared de la celda las fechas que se cumplen de condena. Es el tiempo que llamamos libre, mi tiempo, el que yo domino, controlo, modelo, consumo, gasto o invierto. En él sí que puedo mostrar mi auténtico genio.

Escribió Ortega que los pueblos se conocen por sus fiestas, ya que en ellas se pone de manifiesto su idiosincrasia con más claridad que en las jornadas de trabajo. Lo mismo cabe decir de los individuos singulares. Como asegura Kloster, el domingo a las diez de la mañana el hombre nos dice lo que piensa de sí mismo. Es lógico: esa hora es la más significativa, porque nadie la hipoteca. En ella somos completamente soberanos; nada nos impide ser auténticos.

Este es el tiempo que los clásicos llamaban de ocio, entendido no como un periodo de inactividad o de evasión, sino todo lo contrario. El ocio debía ser el tiempo más rico y enriquecedor, el más rebosante de vida. Era un tiempo de silencio, de actividad interior, de contemplación y por tanto de autentica sabiduría.

El problema es que estamos entrenados más para el negocio que para el ocio. Nos asusta el silencio, como a los niños la oscuridad, y, cuando llega el tiempo libre, sólo nos planteamos cómo llenarlo de trivialidades, a dónde huir, cómo saturarnos los ojos de imágenes, los oídos de ruidos y el estómago de basura. Los más jóvenes quieren marcha, y los viejos alguna forma de anestesia. Son dos modos de escapar de la realidad y de matar el tiempo en vez de llenarlo, de retenerlo y vivirlo con plenitud.
Es una pena porque ¡hay tanto que hacer! Necesitamos el tiempo libre para tener largas tertulias cuando anochezca; para aprender a mirar a los demás; para escuchar a nuestros padres o a nuestros hijos, a la mujer o al marido; para escribir nuestro primer poema o recordar los que escribimos en segundo de bup; para hablar con alguien sobre sentido de la vida; para leer un libro que nunca olvidemos; para repasar el Evangelio; para hablar con Dios; para ver cómo amanece a las 6 de la mañana sobre el mar; para sentarnos en el campo y mirar a los pájaros.

Éste es el tiempo de crecer en humanidad, de aprender a ser hombres o mujeres, de descubrir tesoros en la arena de la playa y en la mirada de los amigos; de pensar por libre, sin televisiones interpuestas, de guardar silencio, de amar.

Por eso, cuando Alicia me contó que había conocido a un chico estupendo, superguapo, simpático, buena persona, trabajador y encima con pasta, sólo se me ocurrió darle un consejo con música de Perales:
Pregúntale a qué dedica el tiempo libre.