27/6/11

Las famosas pantallas



Ahora que nuestros hijos están con más tiempo libre, podemos hacernos la siguiente pregunta: ¿Es bueno / necesario que un niño pequeño se pase horas delante de las pantallas?

A la pregunta de si es necesario, Chesterton responde: “A un chico de siete años puede emocionarle que Perico, al abrir la puerta, se encuentre con un dragón; pero a un chico de tres años le emociona ya bastante que Perico abra la puerta.”

Un niño sobre estimulado no es más inteligente, sino que tiene menos capacidad de concentración, de gozar del momento presente y menos sensibilidad a los estímulos menos ruidosos, como son un atardecer, el ruido de un pájaro, un gesto cariñoso, la descripción de un personaje en una novela. Al tener el niño pasivamente colocado delante de tantas pantallas, no fomentamos la creatividad. Sofocamos el asombro. Multiplicamos el número de niños que algunos llaman “teflón”, todo les resbala. De la sobre estimulación, hay solo un paso hacía la adicción a estos medios -como puede ser el zapping o el chateo compulsivo por ejemplo-. Cuando el niño pasa tanto tiempo frente a las pantallas, se convierte en un agente pasivo, adicto a la estimulación externa y deja la pereza mental invadirle. El niño se aburre, no está a gusto consigo mismo y se pasa todo el día buscando entretenimiento con sensaciones nuevas cada vez más intensas. La industria de la telecomunicación se lo proporciona, con contenidos cada vez más agresivos y rápidos. Pero llegará un momento en que el niño se hará adolescente y lo buscará en otro tipo de actividad: actos de vandalismo, violencia escolar, botellones, drogas, etc., utilizando a las personas que involucra o utiliza en estas actividades como un medio para “divertirle”. Todos vemos claramente los síntomas, pero pocos vamos a las causas…

A continuación un buenísimo articulo de Enrique Monasterio.


(…) Ya me he acostumbrado al espectáculo de cada mañana. Cuando llego al colegio, en el pequeño vestíbulo que hay frente a la capellanía y a las aulas de segundo, nunca faltan cinco o seis chavales ―casi siempre los mismos― que han llegado tarde y no les dejan entrar en clase. Se portan muy bien; el silencio es absoluto: cada uno viene con su minúsculo aparatito y sus auriculares insertados directamente en el tímpano. Sentados en los bancos, ellos se inclinan hacia adelante y teclean mansamente; ellas adoptan una postura más airosa, como de yoga, con las piernas cruzadas sobre el asiento y la cabeza erguida; pero también teclean y teclean si abrir la boca.

Es verdad que estamos en el siglo de la comunicación. Las distancias se han eliminado y no hay barreras para el diálogo; pero mucho me temo que el siglo XXI acabe siendo también el de la incomunicación. Cuando veo a los chavales “empantallados”, disecados y anestesiados, me dan ganas de hacerles cosquillas y despertarlos del letargo cibernético en el que se encuentran.

Se ha escrito mucho sobre los juegos de ordenador que existen en el mercado ―miles― con contenidos sexistas, violentos y pornográficos, racistas…, etc. Es un asunto grave, sin duda, pero no caigamos en la trampa: no se trata de sustituir unos juegos malos por otros buenos y piadosos. El mayor peligro está en esa pantalla hipnótica, deshumanizadora e infantilizante que convierte a los adolescentes y a los adultos en estúpidos crónicos, siempre ensimismados, sin musculatura en el cuerpo ni en el alma.

No hay pantalla que pueda sustituir al trato personal, a la conversación cara a cara, al deporte en equipo, a las peleas en la playa o en el campo, a la amistad y al amor al aire libre. Prefiero un buen partido de fútbol con esguinces y fracturas a esos cerebros poseídos por Google, Microsoft o Steve Jobs. Lo que de verdad forma a los chicos y los convierte en personas maduras es el encuentro real con seres reales de su misma especie; y los triunfos, los fracasos, las cicatrices que deja la vida; las alegrías y las penas; los amores reales, tridimensionales y sin photoshop. (…)