3/10/11

Asombro y Silencio


Por Catherine L'Ecuyer

Hoy en día, tanto el entorno familiar como escolar tienden a saturar los sentidos externos. Hemos creado, desde hace unos años, lo que llamo yo la generación “Baby Einstein”. En cuanto salen del nido maternal, “¡rápido! ¡delante de la pantalla! ¡que no se pierden nada!” Sobre estimulación para acelerar el proceso cognitivo -¡cuantas prisas tenemos!-, sobre estimulación para agotar el niño y tenerlo controlado -“no le quedará fuerza para portarse mal, será más manejable”-. Y desde hace algunos años, sobre estimulación para que no se aburra. Parece absurdo que un niño pequeño se aburre, porque lleva dentro un motor que le lleva a descubrir el mundo: el asombro. Decía Chesterton: "A un chico de siete años puede emocionarle que Perico, al abrir la puerta, se encuentre con un dragón; pero a un chico de tres años, le emociona ya bastante que Perico abra la puerta." Si un niño se aburre, mal asunto, entonces es que se le ha ahogado el asombro, creando una dependencia hacía la estimulación externa que se ha convertido en un adicción. Muchos niños sufren de esta adicción… La generación “Baby Einstein” está batiendo record de diagnóstico de hiperactividad y déficit de atención, un diagnóstico por cierto objeto de controversia, ya que recientes estudios relacionan sobre estimulación con hiperactividad.

Con tanta estimulación, hemos ahogamos el asombro, necesario para que el niño pueda interiorizar los aprendizajes, escuchar, mirarnos a los ojos, discernir, ponderar, reflexionar sobre el sentido de lo que hace, etc. Para dar marcha atrás, debemos reencontrarnos con el silencio.