Mostrando entradas con la etiqueta hipereducación. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta hipereducación. Mostrar todas las entradas

26/12/12

La Belleza se encuentra en el lugar menos esperado

Por Catherine L'Ecuyer

La Belleza se encuentra en el lugar en el que menos esperamos encontrarla. Que le pregunten a Kelle Hampton. 

Kelle Hampton está casada, tiene dos niñas, es bloguera y fotógrafa. Antes de nacer su segunda hija, Nella, reconoce haber tenido una vida muy fácil. Según ella, lo más doloroso hasta entonces había sido tener a su marido de viaje más de un día. 

En el momento de dar a luz a Nella, rodeada de sus amigas y de sus familiares, pasó lo que nunca jamás se hubiera podido imaginar. Cuando nació Nella y se la acercaron, recuerda Kelle “en ese instante, vi claramente que tenía Síndrome de Down y nadie más lo sabía. La cogí y lloré. Lloré y busqué la mirada de quién me dijese que no lo tenía. (…) Lo único que recuerdo es su cara. Nunca olvidaré a mi hija en mis brazos, abriendo sus ojos, una y otra vez… Nuestros ojos se encontraron, su mirada fija… hizo agujeros en mi alma. Quiéreme. Quiéreme. No soy lo que te esperabas, pero por favor, quiéreme. (…) Ese momento fue el más determinante de mi vida. Ese fue el inicio de mi historia”.

Kelle tiene un blog, “Enjoying the Small Things”, en el que cuenta su experiencia. En poco tiempo, el blog recibió más de 27 millones de visitas. 

Kelle dice haber aprendido que la belleza se encuentra en el lugar en que menos esperamos encontrarla, también en la imperfección. “Miro a mis hijas con asombro, entendiendo que el crecimiento de esas minúsculas células en seres extraordinarios que respiran, se mueven y me alcanzan son un milagro. Ellas son un regalo.” 

La historia de Kelle puede ayudarnos a purificar la mirada que tenemos hacía nuestros hijos. Son ellos mismos, con sus defectos, con sus fortalezas, con sus limitaciones. Son ellos mismos, necesitados para su buen desarrollo, de un amor incondicional, de una acogida desinteresada. No hay niño a la carta. No hay niño hecho para recorrer carreras cumpliendo con "hitos". No hemos de verlos como potenciales Einsteins, o Messis. El único niño que puede ser Einstein, es Einstein. No tenemos idea del daño que hace la búsqueda del niño "perfecto". En el nacido como en el no nacido, pues ambos fenómenos beben de la misma fuente y se refuerzan uno al otro. Cada niño es único, digno e imperfecto, como sus padres. De la conciencia y de la aceptación de la imperfección propia y ajena brota la compasión, la comprensión y la humildad, valores que desgraciadamente hoy en día suscitan condescendencia, en vez de provocar admiración. 

Esa comprensión no quita que tengamos que buscar la excelencia propia y ajena en la medida de lo posible y según el ritmo de cada persona y etapa de la vida y educando a nuestros hijos exigiéndoles. Pero partiendo de lo que pide la naturaleza de las personas, no de lo que queremos nosotros que sean, inspirados por un ideal de perfección obsesiva y excluyente, y a través de métodos mecanicistas y conductistas que empequeñecen los horizontes de la razón tanto del educado como del educador. 

Cada día, y muy especialmente en estos días en que pasamos mucho tiempo con nuestros hijos, tendremos la oportunidad de encontrar  Belleza en el lugar menos esperado cuando se equivocan y nos piden con la mirada: “Quiéreme. Quiéreme. No soy lo que te esperabas, pero por favor, quiéreme”. 

Kelly con su hija, Nella

14/1/12

¿El último Einstein en casa?

Por Catherine L'Ecuyer

El otro día, nos comentaba un amigo que su hijo había ido al cumpleaños de un compañero de su clase en el cual habían contratado los padres un Catedrático para realizar experimentos químicos para los niños de ocho años.  Ya se ve que el payaso ha pasado de moda…  

¿Hasta donde estamos dispuestos a ir para que nuestros hijos coticen profesionalmente? ¿Cuantos padres caímos en la peligrosa trampa de sentir cosquillas al pensar que podríamos tener al último Einstein en casa?  Extra escolares, Kumon, piano, chino, tenis… Algunos ya empiezan desde el momento en el que el niño puede levantar la cabeza en una tumbona para ver Baby Einstein, una serie de dibujos infantiles de lo más hipnótico, que tuvo una fama internacional porque era supuestamente “beneficioso para el desarrollo del niño”.  Cuando se pidió a Baby Einstein que hiciera la prueba del mérito educativo, no lo pudo hacer. Es más, cuando un grupo amenazó de demandar a Baby Einstein basándose en algunos estudios que relacionan la temprana exposición de los bebés a la televisión con déficit de atención, se retractaron y devolvieron el dinero a todos los padres descontentos. Ver noticia.

Según unas recomendaciones de la Academia Americana de Pediatría, los niños de menos de 2 años no deberían estar expuestos a la pantalla, ni para ver un DVD por muy educativo que sea.

El mismo Einstein no empezó a aprender a leer y escribir antes de los 8 años. La gran mayoría de los países que encabezan anualmente el informe PISA son países en que los niños están escolarizados más tarde y empiezan a aprender a leer y escribir a partir de los 6 o 7 años.  ¿El secreto? Para poder asimilar  información de forma armoniosa, un niño tendrá que tener atendidas sus primeras necesidades.  Solo un niño que ha percibido que se le ha atendido sus necesidades básicas en sus primeros 2 años de vida (afectivas, fisiológicas, etc.) tendrá una afectividad ordenada. Un niño cuya afectividad esta consolidada (apego seguro) se considerará competente ("valgo la pena" = "soy competente") y seguro para poder asimilar los conocimientos de forma sostenible.

Sin embargo, seguimos encontrándonos con el paradigma de que hay que bombardear el niño con estímulos desde que nace para que sea genial.  Como decía el propio Einstein, "es más fácil destruir un átomo que un prejuicio"...

22/10/11

El tren que no han de perderse nuestros hijos

Me encantan los posts de José Ramón Ayllon, casi todos sobre la educación, cortos, incisivos. Esta semana: El mariposeo cognitivo.
Cuando veo la obsesión que hay por poner un ratón en las manos de nuestros pequeños hijos, me quedo perpleja. Y se me ocurren dos palabras... pueblerino y acomplejado. No van a perder ningún tren porque el tren de las nuevas tecnologías no se pierde… ¡pasa cada segundo! Y al ritmo que va todo, cada tren de estos que pasa es obsoleto pasado 500 metros. Usar aquel primer Motorola tamaño “zapato” no es requisito para aprender a manejar una blackberry en un “plis”… Esto de navegar, lo aprenderán en medio minuto, cuando “toque”, es decir cuando tengan la madurez suficiente para poder gestionar su tiempo de navegación, para poder filtrar los contenidos, para entender el concepto de intimidad propia y para poder organizar la información en base a criterios previamente adquiridos a base de leer y pensar. Leer y pensar… Antes de dejarse llevar por el picoteo adictivo del mundo virtual. Leer… para tener interioridad, capacidad crítica, de reflexión, de contemplación, de asombro. Leer… este es el tren al que deben subirse, y que no podemos admitir que se pierden porque pasa poco y lleva muy lejos.

18/6/11

En verano… ¡dejemos que los personajes vuelen!


“Vuestra hija tiene que mejorar en sus dibujos”, decía una maestra a unos padres, “con 4 años, ya no toca hacer personajes que vuelan, deberían tocar al suelo”. No sé que hubiera pasado con el arte español si los padres de Picasso o de Dalí se hubieran empeñado por cumplir con el curioso hito de aquella buena y bienintencionada maestra.

Mientras nuestros hijos pequeños se pasan el mes de julio rellenando sus “Cuadernos de Verano”, os animo a leeros el libro “Bajo Presión”, de Carl Honoré, sobre la “hipereducación”. Un libro de lectura obligatoria para cualquier educador que pretenda “estar al día”.

Aquí una cita que resume el contenido del libro:

“Hoy, muchos niños están demasiado ocupados corriendo a la clase de violín o a la de Kumon para sostener el infinito en la palma de la mano. Y esa flor silvestre da un poco de miedo: ¿y si tiene espinas, o el polen desencadena una reacción alérgica? Cuando los adultos secuestran la infancia, los niños se pierden aquello que confiere textura y significado a una vida humana: las pequeñas aventuras, los viajes secretos, los contratiempos y percances, la gloriosa anarquía, los momentos de soledad y hasta el aburrimiento. Todos los jóvenes acaban asimilando que lo que más importa no es encontrar un camino propio, sino poner el trofeo adecuado en la repisa de la chimenea, marcar la casilla adecuada en vez de pensar fuera de ella. Por consiguiente, la infancia moderna parece extrañamente insulsa, saturada de acción, logros y consumo, pero en cierto sentido vacía y sucedánea. La falta de libertad de ser uno mismo, y los niños lo saben.”

Ahora que despedimos el curso y que los niños están a punto de quedarse todo el día en casa, (¡que no cunda el pánico!) hagamos provisiones de rotuladores y de hojas blancas (a los niños no les causa pánico como a nosotros lo de sentarse delante de una hoja en blanco) y… ¡a dibujar personajes que vuelan!

¡Buen verano en familia!